A Jes?s de Nazaret, el carpintero de Galilea que sana las fracturas invisibles del alma y el M?dico supremo que jam?s ha perdido un solo caso en su mesa de operaciones. A la memoria bendita de mi abuela Celia en Villa de Cura, cuyas manos ?speras por el jab?n de lavar y fregar pisos en las tardes calurosas me ense?aron que Dios no habita en la frialdad de las catedrales de piedra ni en las luces del espect?culo, sino en el abrazo tierno que rescata al ni?o asustado en medio de la penumbra.A cada caminante que ha sentido el fr?o del desierto, el dolor de la traici?n y el peso del fracaso; a las almas quebrantadas que han salido heridas y desorientadas de los templos de la vanidad religiosa, pero a?n guardan en el pecho el anhelo irreprimible de encontrar una verdad que nunca se apague.A Jes?s de Nazaret, el carpintero de Galilea que sana las fracturas invisibles del alma y el M?dico supremo que jam?s ha perdido un solo caso en su mesa de operaciones. A la memoria bendita de mi abuela Celia en Villa de Cura, cuyas manos ?speras por el jab?n de lavar y fregar pisos en las tardes calurosas me ense?aron que Dios no habita en la frialdad de las catedrales de piedra ni en las luces del espect?culo, sino en el abrazo tierno que rescata al ni?o asustado en medio de la penumbra.A cada caminante que ha sentido el fr?o del desierto, el dolor de la traici?n y el peso del fracaso; a las almas quebrantadas que han salido heridas y desorientadas de los templos de la vanidad religiosa, pero a?n guardan en el pecho el anhelo irreprimible de encontrar una verdad que nunca se apague.