La palabra es aquello que resta cuando todo se ha quemado, devoradas las raíces, pulverizadas las piedras: el paraíso no está al comienzo sino al final, como un apocalipsis invertido.
La palabra poética no se eleva en una infancia del mundo, sino en su ulterior catástrofe cuyo espectáculo, no obstante, es soberano. Javier Bello debe nombrar en los vacíos, alzar su tiempo nuevo en la claudicación del porvenir y en la clausura del pasado que, sin embargo, todavía puede oírse como palabra de un dios presente o en una inminencia de ángelus quesuena con campanas destrozadas.