El poeta se manifiesta entre peregrinaciones y regresos, entre la realidad y el deseo. Leemos gestos, palabras. Se lee para poder ubicarnos en el mundo. Para protegernos, para ordenarnos, para sentirnos y sentir al otro.
El poema no argumenta. Hay un tiempo interior y no todo lector está capacitado para vibrar en él. La experiencia poética es inefable. Es un itinerario; conciencia e imagen. Asedia la trascendencia, la revelación, lo hondamente personal. Percepción de la realidad, de nuestra realidad.
El rapsoda potencia la imaginación auditiva, siente las pausas, la voz que expresa la amplitud de márgenes, una suerte de teorización de su oficio que se transforma en aventura de la lengua. Hablamos de educación estética –estética e ideológica– buscando la voluntad de la forma, la lectura sesgada. Novalis discurrió: cada palabra tiene una significación peculiar; otras connotativas y otras enteramente arbitrarias y falsas. Y también: “las palabras son la configuración acústica de las ideas”.
Una vez más intenté cotejar la realidad observada con el recuerdo de esa realidad. El iniciado percibe el instante, la intensidad del instante. “Creador, inventor, no imitador; he ahí el carácter esencial del poeta”, nos recuerda Giacomo Leopardi.