Desde que vio la luz –el 8 de junio de 1637– el Discurso del método se ha convertido en un indiscutible clásico de la literatura universal (y no sólo de la filosofía). Durante cuatro siglos el destino de Descartes ha sido verse convertido en ese espejo en el que, de cuando en cuando, Europa se miraba tratando de descubrir su propio rostro. Y, de hecho, aún hoy en el Discurso podemos ver palpitar de un modo eminente valores en los que Occidente quiere todavía reconocerse: optimismo de la razón, exigencia de autodeterminación, reivindicación de la propia responsabilidad, humanismo autónomo, exaltación de la voluntad del individuo, solidaridad y anhelo de justicia, apuesta por un futuro mejor para nuestro género y, ante todo, una insobornable ansia de libertad.
René Descartes (1596–1650) fue un filósofo, matemático y científico francés, considerado uno de los padres de la filosofía moderna. Nació en La Haye en Touraine, en una familia acomodada, y recibió una formación sólida en el Colegio de La Flèche, uno de los centros jesuitas más prestigiosos de la época. Su curiosidad por el conocimiento lo llevó a interesarse tanto por las ciencias como por la lógica, alejándose progresivamente de la escolástica tradicional.
En el ámbito filosófico, Descartes es célebre por su método basado en la duda sistemática, cuyo propósito era encontrar un fundamento absolutamente seguro para el conocimiento. De este proceso surgió su famosa afirmación “Cogito, ergo sum” (“Pienso, luego existo”), que se convirtió en la base de su sistema racionalista. Sus obras principales, como Meditaciones metafísicas y Discurso del método, marcaron un antes y un después en la filosofía occidental.
Como matemático, hizo contribuciones fundamentales: estableció la geometría analítica, que unió el álgebra con la geometría al introducir el uso de coordenadas para describir figuras. También aportó al desarrollo del método científico y estudió fenómenos físicos como la óptica y el movimiento.
Descartes pasó buena parte de su vida adulta en los Países Bajos, donde escribió la mayor parte de su obra. Murió en Estocolmo en 1650, invitado por la reina Cristina de Suecia. Su legado continúa influyendo la filosofía, la ciencia y las matemáticas hasta la actualidad.