ALFONSO GRAÑA, UN EMIGRANTE GALLEGO dotado con las habilidades
propias del aventurero, se adentró en los territorios más inhóspitos de
la Amazonía peruana a principios del siglo XX y, contra toda lógica,
sobrevivió en sus con% nes. Fue el primer hombre blanco que habitó
entre los jíbaros, adquiriendo para muchos de estos la condición de
jefe respetado. Se convirtió, además, en elemento clave de la mayor
iniciativa cientí% ca de la Segunda República. Actuó también como
intermediario entre las combativas tribus jíbaras y las compañías comerciales que sondeaban los inmensos recursos naturales que yacían
bajo el silencioso manto verde del Amazonas.
Sobre él recayó el simbólico sobrenombre de Rey de los Jíbaros o
Alfonso I de la Amazonía. Nada hacía presagiar tal evolución cuando
emigró, como tantos gallegos, de su Orense natal al reclamo de leyendas que hablaban de dinero fácil y quimeras de riqueza trabajando el
oro verde: el caucho.